Tour a los acantilados de Moher y el Condado de Clare

castillo de Dunguaire

¡Es la estrella de la Irlanda Occidental! Los acantilados de Moher son una de las atracciones turísticas más solicitadas del país y, sin duda, uno de los parajes más bellos y salvajes de Irlanda.

Sin quitarle un ápice del mérito y belleza que tiene Galway, no quería perder la oportunidad de visitar los acantilados. No concibo una visita a esta parte del país sin ir hasta ellos. Bien es cierto que puede que incluso sea más fácil visitarlos desde Limerick, ciudad que se encuentra más al sur, pero desde Galway la distancia tampoco es excesiva, unos 80 kms. aunque eso sí por carreteras no principales. Este pequeño inconveniente que puede suponer este tipo de caminos, se compensa sobradamente con las hermosas vistas que se pueden observar todo el recorrido, con paisajes abiertos y frescos como los de la bahía de Galway en un primer momento, pasando por las tierras de turberas, fuente de suministro energético del país, hasta el casi lunar y rocoso paraje del Burren.

Si no alquiláis un coche (recordad que aquí se conduce por la izquierda), tenéis las opciones bien cubiertas con los muchos tours organizados que hay por la zona. También hay un bus de línea que os lleva hasta allí pero, en primer lugar, está el inconveniente de los horarios, y en segundo lugar dejaréis de visitar otros muchos lugares interesantes que hay en el trayecto. a fin de cuentas, una excursión a Moher con todas las paradas intermedias, de día completo, puede salir en torno a los 40 euros.

El tour sale desde la parada de autobuses de Galway a las 10 h. de la mañana, aunque si pensáis hacerlo desde Dublín, entonces saldréis de allí a las 7 h. El mismo incluye una parada en el castillo de Dunguaire, visita a la zona del Burren, otra al Dolmen de Poulnabrone y las cruces celtas de Kilfenora, y por último una breve parada en el bosque mágico de Ballyalban Earthen Ring Fort. Y, por supuesto, como estrella principal del tour, las vistas de Cliffs of Moher, donde se para dos horas.

Una vez más la salida de Galway va bordeando la bahía de modo que, situada como está en semicírculo, podemos ir viendo como poco a poco la ciudad va quedando justo al otro lado de la misma. Si a un lado van quedando los paisajes siempre verdes de Irlanda, al otro, el azul del mar destaca rabiosamente tras las ventanillas del autobús. sin embargo, el paisaje se va tornando poco a poco en más oscuro por las turberas que tanto abundan en la región. Las aguas que inundan las tierras interiores, al retirarse en verano, van dejando sedimentos que acaban por convertirse en materiales orgánicos, en carbón vegetal del que tanto se nutre Irlanda. Con los kilómetros, el azul de las aguas se mezcla con el negro de la turba y en puntos llega a dejar una imagen casi mágica o fantasmal, más aún cuando esta tierra se confunde con las siluetas de tantos castillos y villas abandonadas a lo largo de los siglos.

La primera de esas imágenes impactantes llega con el castillo de Dunguaire que podéis ver en la foto superior cuyo nombre debe al rey Guaire de Connaught. Allá por el siglo VII este castillo se hizo famoso por sus fiestas y sus juglares y bardos, sin embargo, su estado de conservación actual no es demasiado bueno. Aún así, actualmente se utiliza para banquetes medievales en los que la música celta y la poesía forman parte de la ambientación del lugar. Lo asombros de este castillo es su entorno, pues se alza sobre un extenso campo de turberas en unas imagen puede que incluso lúgubre, pero no por ello menos cautivadora.

Junto al castillo, apenas un kilómetro más allá está Kinvara, un pequeñísimo pueblo de pescadores pero que tiene un puerto precioso ideal para hacer una escapada y comer allí. En ese puerto, donde aún se contratan marineros para los puertos de Galway, se celebra cada mes de agosto una fiesta en la que las naves se encuentran.

El trayecto es una continua sucesión de villas, castillos e iglesias abandonadas, y de campos verdes salpicados por largos muros de baja altura de piedras artificialmente colocadas. Es ésta una características muy peculiar de la zona. Si recordáis lo que os contaba sobre el condado de Galway en el día de ayer, esta región fue una de las más afectadas por la hambruna. Tanto fue así que el trabajo desapareció y con él la posibilidad de mantener a las familias. Los grandes terratenientes habían de pagarles un pasaje a sus trabajadores para que emigraran o bien darles un trabajo. Una idea que resultó muy práctica fue la de ordenarles delimitar las propiedades mediante largas filas de piedras que iban amontonando de tal manera que, sorprendentemente, más de 150 años después aún se mantienen tal cual aún cuando no tienen cemento ni ningún material que las una. Hoy, la región de Clare, esté repleta de estos muros de piedras entre propiedad y propiedad.

El verde de los paisajes se va transformando a poco en parajes rocosas, casi sin vida, de auténtica piedra caliza, que a la vista parece cuarteada como aquellos desiertos donde la sequía es absoluta. Se trata del Burren, una zona donde según la Historia local, dicha en palabras del que fuera topógrafo de Oliver Cromwell, jamás podría matarse a nadie porque “no hay agua para ahogarlo ni árbol donde ahorcarlo ni tan siquiera tierra donde enterrarlo”. La superficie de la tierra aparece enlosada por grandes piedras calizas que deja entre una y otra estrechas grietas por donde nace la escasa vegetación que allí se encuentra. Se trata de una flora totalmente autóctona, propia del lugar, de modo que en inverno se cubren las grietas con acebos y culantrillos, y en verano, cuando las flores empiezan a aparecer con la rosa de las rocas, única en el Burren, y con una variedad de geraneo carmesí que florece allá por junio.

Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras…

Paisaje del Burren

Más allá del Burren llegamos a Kilfenora, una diócesis que se ha hecho famosa por sus cruces celtas. En el cementerio junto a su iglesia abunda este tipo de cruces cuyo origen se le debe al propio San Patricio. Como evangelizador de los celtas, hubo de llegar a ellos a través de símbolos que le fueran familiares. Los dólmenes y monilitos eran un tipo de construcción típica de esta sociedad. Además eran adoradores del sol y la luna.

San Patricio tomó por ello dos monolitos y los cruzó como representación del pueblo y de Dios, y en la unión de ambos monolitos puso el disco solar como símbolo de iluminación. El resultado fue la clásica cruz celta, que podéis ver más abajo. Cada iglesia tenía su propia cruz, con su propia simbología fuera referente a temas divinos o bien a temas de los evangelios, ya que cada una tenía a su propio tallador. En Kilfenora se encuentra la cruz Doorty, la mejor conservada de la región.

Cruz Doorty en Kilfenora

Cerca se encuentra el dolmen Poulnabrone, una construcción neolítica formada por un pórtico adintelado con una enorme piedra superior que la cubre. Este dolmen data del 2.500 a.C. aproximadamente.

Tras una buena comida en Doolin, en el pub Gus O’Connor, muuy conocido en toda esta zona, donde se come francamente bien, es cierto, pero que está bastante masificado por el incesante número de autobuses de turistas que le llegan en dirección a los acantilados.

Los acantilados de Moher (Cliffs of Moher) son abrumadores. Es la inmensa fuerza de la Naturaleza mostrando toda su grandeza a quien quiera verla. Es la lucha eterna entre el mar por adentrarse en tierra, y por la tierra por ponerle freno a una fuerza irrefrenable. Es el incesante rugido del mar varios cientos de metros más abajo. Es la imponente vista de ver el mar abierto ante tus ojos sin más límite que un horizonte inalcanzable. Son los gritos de las gaviotas que se hacen fuertes en sus paredes rocosas. Es la poderosa llamada de las olas batiendo a los pies de los acantilados y de las voces de sirena que parecen surgir de la nada para mecerte con sus melodías invitándote a lanzarte a sus brazos.

Son ocho kilómetros de acantilados; 214 metros de altitud. No caben más palabras. Sólo ver… y callar.

Acantilados de Moher

Acantilados de Moher

Los anteriores días del viaje…

Día 1: Primer día en Dublín

Día 2: de la Trinity College a la Guinness Storehouse

Día 3: Dublín, ciudad artística y cultural

Día 4: Galway, ciudad marinera y alegre

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Categorias: Galway, Viajar por Irlanda


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