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Yeats y la Thoor Ballylee en Galway

Dicen que en Ballylee el sonido de la brisa sabe como el eco lejano de las cuerdas de un laúd. El arroyo que corre junto a la mítica Thoor Ballylee ríe como un niño, dejando su huella de agua en las rocas y los guijarros. Las copas de los árboles dejan su recuerdo de sombra sobre el rostro del río, y la orilla se calma en la mirada de la torre de piedra.

Cuadradas y grises, las ventanas no son más que unas pequeñas aberturas en las paredes de piedra. Esta torre es el símbolo romántico de uno de los poetas más románticos de la historia de la literatura, el irlandés Yeats. Precisamente, dentro de estas paredes, el poeta escribió muchas de sus obras, las cuales fueron merecedoras del Premio Nobel que le concedieron.

A su alrededor se extiende Coole Park, auténtico refugio de Yeats durante su edad adulta. El poeta conoció Coole Park un verano de su juventud, cuando posiblemente vino aquí para curarse de una tuberculosis. No sólo se sanó de su enfermedad, sino que se enamoró del lugar. Una mujer, Lady Gregory, le cuidó durante su enfermedad.

A la edad de 50 años, Yeats compró la Torre de Ballylee, un viejo castillo con una casa de campo. El poeta encontró así un hogar y su torre de babel poética. Yeats compró Ballylee por 35 libras, y comenzó la restauración de la torre, nombrando a Lady Gregory supervisora de los trabajos. Fue él quien le cambió el nombre de castillo por la parabra irlandesa Thoor, que significa en gaélico, torre. En palabras de Yeats, «el duro sonido de la palabra «thoor» modifica la suavidad del resto del paisaje».

Desde Thoor Ballylee, Yeats escribía emocionado a un amigo: «… y en el exterior, con las flores a lo largo de la ribera del río, todo es tan bello que, ir a otros lugares, es dejar atrás la belleza». Rodeando la torre, contemplaremos la austeridad poética de la que se envolvió Yeats, con sus paredes blancas y grises. Realmente, esto bien podría ser un monasterio.

Si subimos a ella, no es extraño recordar la típica metáfora de la ascensión del alma de Yeats, pues las escaleras de la torre no parecen haber sido diseñadas para ser pisadas. El pasillo de la torre es sumamente estrecho, y rozaremos con los hombros las paredes. El ascenso es lento, pero como el propio Yeats decía, «el camino hacia la sabiduría nunca ha sido fácil».

Las ventanas están llenas de pastos secos, y no es extraño encontrar algún huevo de algún ave que ha querido acompañar la voz silenciosa de Yeats. Cuando Ballylee se convirtió en monumento, la señora Yeats afirmaba que esta residencia era también el hogar de las aves, las que tanto cantó el poeta.

Las vistas desde las almenas de la torre nos hacen contemplar las vastas extensiones de las llanuras de Galway, y el jardín atendido por la señora Yeats. Los pájaros cantan y el aire es dulce. Es el estado entusiasta del alma el que los hace volar, el recuerdo de un poeta, el hijo del amor, Yeats.