Primer día en Dublín

Temple Bar

Recuerdo que la primera vez que oí hablar sobre Irlanda la imaginé como una tierra siempre verde, de extensos prados, de acantilados gigantescos recortados sobre el mar y bosques vivos donde hadas y duendes hacían florecer las mentes más marchitas. La mía, siendo como era por entonces un niño, ya se aplicaba en escribir aquellos cuentos y fantasías, desde entonces, en un escenario recién descubierto: Irlanda, la tierra mágica, la de las leyendas y la mitología.

Hace unos años ya de aquella imaginación efervescente, y aunque mi mente ya adulta continúa con sus particulares historias, sigue intentando encontrar esa chispa de magia que le permita ver un hada donde el mundo sólo parece, últimamente, colocar ogros y trolls.

Irlanda es la clave. Debe serlo. O al menos con esa esperanza me embarqué en este viaje. La de encontrar en Dublín y en Galway, no dos ciudades turísticas y modernas, sino ese atisbo de personalidad y de amabilidad que nos hacen falta en tiempos difíciles.

Son los irlandeses gente amable que saben disfrutar como nadie de un buen «craic» como ellos llaman a esas particulares reuniones que diariamente celebran en los pubs tras la consabida pinta de cerveza. Lo importante no es el beber o el comer: lo es el reír, el charlar, el compartir, el disfrutar con los amigos. Quizás ahí radique el éxito de sus pubs y el verdadero espíritu gaélico.

Han sufrido y mucho a lo largo de su Historia. Lo hicieron cuando Irlanda, la verde Irlanda, tiñó sus campos de rojo por los enfrentamientos entre las tropas protestantes inglesas de Enrique VIII y las católicas irlandesas. Corría entonces el año 1532. También lo hicieron, aunque el final fuera muy distinto, cuando en el año 1690 Guillermo de Orange derrotara a Jaime II en la batalla de Boyne. Triste y trágica fue la hambruna que del 1845 al 1849 redujo la población irlandesa de 8 millones a sólo 3, no sólo víctimas mortales de un pernicioso hongo que arrasó las tierras de cultivo, sino miles y miles que hubieron de emigrar a tierras extrañas dejando atrás su vida largamente trabajada.

Sí. Ha sido un pueblo que ha debido enfrentarse a muchos episodios lamentables que acabaron por partir la isla en dos, pero siempre ha sabido salir de ellos con la cabeza alta y una fe inquebrantable en sus posibilidades. Su propia bandera, la naranja, blanca y verde simboliza esa unión por la lucha por su independencia, la que finalmente alcanzaron en el año 1922: el naranja por Guillermo de Orange, en representación a la Irlanda protestante; el verde de los paisajes irlandeses por los católicos del país, y el blanco por la unión, por la paz entre ambos, Sur y Norte, entre católicos y protestantes.

Y por esa fe, por esa lucha, por ese recuerdo por sus raíces, hoy Dublín, la Dublín por la que hoy me he paseado, se alza con sus tradiciones siempre presentes en cada rincón. El resurgimiento del gaélico, una lengua perseguida históricamente; el reconocimiento a sus héroes literarios irlandeses, llámense James Joyce, Samuel Beckett o Seamus Heaney. La música celta, hoy tan apreciada en todo el mundo, cuyos orígenes se encuentran aquí en Dublín donde se puede disfrutar día tras día, en directo, en vivo, en cada uno de sus pubs. Porque es la música, la cerveza y los amigos los que los hacen permanecer tan unidos.

Con el río Liffey, que divide a la ciudad en Norte y Sur, como referencia, la ciudad es fácil de recorrer. Al Sur, la Dublín más popular, la de los estudiantes del Trinity College, y la de los pubs más típicos de la zona de Temple Bar. Al norte, la ciudad más señorial, la más latina.

Desde el aeropuerto, la entrada a la ciudad se torna extremadamente moderna, dando una primera idea equivocada de ella. El barrio más al sur se encuentra flanqueado por un modernísimo centro de convenciones y por una serie de edificios de empresas que han ido surgiendo a su rebufo. Es de allí de donde las grandes multinacionales irlandesas dirigen sus destinos.

Siguiendo el río, alma de esta ciudad, terminaremos por adentrarnos en el área más popular: la de O’Connell Street, arteria principal dublinesa cuyo nombre se lo debe al héroe local Daniel O’Connell quien allá por el año 1820 ya abogara por los ideales independientes de una Irlanda unida. Su estatua preside esta amplia avenida, donde además surge el que es el único puente cuadrado de Europa, el puente de O’Connell.

A apenas 10 minutos andando se encuentran los principales monumentos de la ciudad: el Trinity College, la Catedral de St. Patrick, Christ Church o el magnífico edificio del Banco de Irlanda. Paralelo al río, en su parte sur, se encuentra el mencionado barrio de Temple Bar, donde todo se vuelve alegría, risas y música.

Hoy sólo quería inspirar, profundamente, e imbuirme y contagiarme del carácter irlandés. He paseado, he bebido una pinta y he asistido a un espectáculo en vivo de música y danzas celtas. ¿Qué más se puede pedir para un primer día?

Mañana será otro día. Nos espera Howth, un pueblecito pintoresco de pescadores, y por supuesto, la Guinness Storehouse, el palacio cervecero irlandés, por excelencia.

Paciencia… y una buena pinta, mientras tanto.

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